La piel es la primera parte del cuerpo en resentirse cuando empezamos a fumar. Después de varios años, los cambios son bastante notables. Sin embargo, si dejamos a un lado el tabaquismo, veremos cómo retorna a su forma natural.

 

Daños que provoca el cigarro en la piel

La nicotina del cigarro provoca que las arterias se contraigan, reduciendo la circulación de los vasos capilares. Al llegar menos sangre a la piel, las células de la epidermis se deshidratan, dejando además de recibir el oxígeno y los nutrientes necesarios. Eso es lo que se conoce como asfixia celular, la cual resulta mayor todavía a causa de otro factor: el monóxido de carbono del humo. El monóxido de carbono afecta el transporte de oxígeno a través de la sangre. Todo lo anterior contribuye además que se quiebren las fibras de la dermis.

Como consecuencia, la piel del fumador se vuelve reseca, flácida y adopta ese color grisáceo amarillento tan fácil de distinguir.

Cabe mencionar que, por otra parte, los radicales libres contenidos en el cigarro reducen a la mitad el efecto antioxidante de la sangre. Ello provoca, entre otras cosas, el envejecimiento prematuro de la piel.

 

¿Qué ocurre con la piel al dejar de fumar?

En primer lugar, las arterias se dilatan reactivando la circulación en los vasos capilares que, además, ya pueden transportar sangre limpia. La piel se hidrata correctamente y, en pocos días, comienza a notarse más tersa y recobrar su color normal.

Además, los poros se limpian y achican, y desaparecen las manchas oscuras producidas por año de tabaquismo. En cuestión de mes y medio, la piel del ex-fumador lucirá totalmente distinta.

Para combatir los radicales libres y acelerar el proceso de restauración, podemos acudir a suplementos antioxidantes: zinc, selenio, y vitaminas A, C y E. También se recomienda el empleo de cremas que contengan estrógenos, y ácidos glicólico y retinoico.